lunes, 7 de enero de 2008

El Mago Jolem





Por Juan A. Sánchez



Cuando Jolem era un simple aprendiz de mago iniciado por su padre, un gran mago blanco de gran prestigio, ingresó en el templo Ikuris. El templo estaba en una altiplanicie bastante elevada, dejando delante un extenso desierto y detrás una gran montaña de cumbres nevadas, que lo aislaba de todo signo de vida a su alrededor.

El primer día, al llegar a aquel inhóspito lugar, quedó asombrado con la inmensa fachada del santuario constituida de dos plantas, la segunda, más pequeña que la primera, estaba destinada a los dormitorios, a su lado dos enormes estatuas de venerados hechiceros de antaño, guardaban la puerta del templo portando varas mágicas. Tras ellos se elevaban dos torres circulares, que acababan en un puntiagudo tejado a desmesurada altura y en el centro una ilustración en piedra de la gran espada, forjada de las mismas manos del dios Ados, con el vértice rozando el canto de la puerta de entrada.

El inquieto Jolem entró bajo el regazo de su padre y fueron recibidos cordialmente por dos profesores que portaban túnicas blancas, con una banda roja que las atravesaba, desde el hombro izquierdo hasta el costado derecho. Tras una breve entrevista se despidió del chico, lo que le hizo saltar alguna lagrima sobre su mejilla, los profesores sin mediar palabra, se lo llevaron con las manos sobre sus hombros para enseñarle su habitación y darle su uniforme.

En la habitación comunal que ahora era su casa, Jolem sentía un despreciado cruce de miradas a su paso y un extraño silencio entre los demás alumnos mientras se dirigía hacia su litera, tras soltar sus bártulos se dispuso a ataviarse con aquella indumentaria que le habían dado, así vestido con aquel hábito de color verde oscuro con una franja blanca vertical en su centro, se aprestó a dar una vuelta por el enramado de pasillo que formaba Ikuris, al pasar al lado de un joven alumno, cruzó su pie en el trayecto haciéndole pegar de bruces contra el suelo, con un estruendo de carcajadas y el apunte con el dedo de los presentes, pero decidió no meterse en problemas ante tanta gente y salió de allí sin decir nada. Cuando hubo saciado su afán de conocer el templo, volvió a su habitación y entre malos gestos se acostó esperando que el nuevo día le fuera mejor.

Jolem, despertó sobresaltado ante un estridente sonido mágico, que hacía de avisador al personal y se dirigió hacia el comedor, tras tomar algunos de aquellos insípidos alimentos se encaminó hacia su clase. Allí uno de los profesores, que había visto el día de antes, se presentó como el mago Grepak, portaba una vara corta redondeada que parecía desprovista de magia a simple vista. Sin dilatar más la presentación empezó a enseñar un extraño hechizo para crear luz en la oscuridad, luego cada uno de los presentes intentó hacer aquella magia con mediana satisfacción, cuando le llegó el turno a Jolem, que estaba totalmente nervioso por la situación, entonó el conjuro y quedó expectante, pero ninguna luz acudió a su mano y el profesor le tiró de la oreja, haciéndola enrojecer entre las disimuladas sonrisas de sus compañeros, para después arrastrarlo hacia una esquina dando la espalda a los demás por su actuación.

Abochornado, cuando acabaron las clases se fue directo a los lavabos y después de hacer algún intento, la ansiada luz se hizo en la palma de la mano, pero no le acompañó el gozo de haberlo realizado, prometiéndose que aquella situación no volvería a ocurrir.

Nada más lejos de la realidad, ya que en los siguientes días los desaciertos se acumulaban a su alrededor con sus respectivos castigos, que eran cada vez más duros y siempre tenía una mejilla amoratada o un brazo dolorido. Un día no recitaba bien el hechizo, otro no le ponía el suficiente ímpetu y otros las burlas de los demás alumnos, que como siempre no le dirigían la palabra por alguna extraña razón, le hacían fallar en su cometido. La verdad es que Jolem aprendía a pasos agigantados y daba todo su ser por la causa, aunque sus compañeros lo hacían más rápido dejándole discriminado ante la vara del profesor Grepak.

El colofón llegó unos meses después, mientras Jolem recibía clases con hierbas curativas para hacer brebajes, uno de sus compañeros le dio un codazo haciéndole tirar algunas probetas que tenía cerca, la rabia del profesor Grepak ante el incidente hizo alzar su vara contra el joven, propinándole duros golpes en la espalda y cabeza hasta dejarlo aturdido, pero no acabó allí la discusión, tras acabar la clase fue conducido a una de las grandes torres, donde residían los profesores, subiendo unas escaleras circulares que bordeaban la torre hasta llegar a la habitación de Grepak donde le hizo parar dirigiéndose a una mesa, que estaba debajo de una ventana de cortinas rojas, y recogiendo una gran llave que estaba dentro de un cajón, salieron de allí y prosiguieron su camino por las escaleras hasta lo alto de la torre, encerrándolo entre amenazas, en un viejo desván.

El mareo fue cesando, aunque tenía el cuerpo dolorido, en aquella improvisada celda que estaba llena de, lo que parecían, trastos viejos y una inmensa oscuridad que no le permitía ver su propia mano ante su cara, se acomodó como pudo entre varias tablas de una mesa y entonando un conjuro creó una luz azulada que emanaba de su mano dejando ver algunos metros a su alrededor.

Intentado ser lo más cauto posible empezó a caminar entre los escombros, viendo restos de sillas y mesas en muy mal estado y algunas túnicas de varios colores, hasta dar con un baúl tras un gran espejo. Decidió mirar en el interior del arca y al abrirlo encontró montones de libros de tapas desgastadas por el uso, rebuscando entre ellos le llamó la atención un libro de color negro con la tapa totalmente raída, lo entreabrió para leer en la primera página “Magias Oscuras y Prohibidas”, la curiosidad se había apoderado de Jolem y guardó el libro bajo su túnica para poder estudiarlo en mejores condiciones.

Siguió mirando entre los demás libros y, de pronto, empezó a abrirse la puerta de la buhardilla con un chirrido que lo alertó, rápidamente cerró la tapa del baúl y mientras se ponía en pie entró Grepak que no se dio cuenta de la indagación y viendo por terminado el castigo del pobre Jolem, le dejó que se fuera a su dormitorio.

Aquella noche Jolem durmió poco, con la débil luz entrante de una ventana a sus espaldas, empezó a leer aquel oscuro libro, descubriendo hechizos malignos y terroríficos, sobre tortura y muerte, incluso sobre como dominar la mente de otras personas a su antojo, que lo hizo estremecer y a la vez le dieron más ganas de cultivarse en esos temas para demostrar a los demás de lo que era capaz.

Varios meses después, los aprendizajes de Jolem eran muy superiores aunque la forma en que los aprendía era la misma, entre palos y burlas de su profesor y compañeros, pero el dolor se despejaba por las noches mientras estudiaba su propio libro acompañado de la oscuridad silenciosa de su litera.
Un día, harto de soportar esta situación decidió que ya había aprendido lo suficiente en aquel atormentado lugar, decidiendo marchar para seguir con los estudios por su parte, se escapó por una ventana, sin que nadie lo advirtiera. Acompañado por la luna menguante y alguna que otra estrella, empezó a escalar la montaña que tenía delante de él, hasta que encontró una cueva que le serviría de refugio, hizo una fogata para proseguir con sus estudios en aquel recóndito lugar.

En el templo, no dieron importancia a su pérdida y siguieron sus quehaceres sin tan siquiera preguntarse la razón de su marcha, mientras en la helada cumbre dentro de una desapacible gruta Jolem se hizo amigo de los lobos, dominando sus mentes a placer para conseguir alimentos y haciéndoles guardianes de su morada. En la inmensa soledad en la que se encontraba, el libro era su único amigo, aprendía todos los días algo nuevo.

La añoranza a su familia y forma de vida anterior le torturaba la mente haciéndole enloquecer y apenándolo a partes iguales, hasta que recordó a Grepak, entonces un odio hacia su persona se forjó en su mente culpándole de todos sus males y jurando que le haría pagar caro la osadía y los malos tratos que lo habían llevado a su situación.

El día elegido había llegado, con el atardecer, Jolem convirtió mágicamente su deteriorada túnica de aprendiz en una nueva, teñida de un brillante color negro y la acompañó con una vara que él mismo había labrado de una rama, empezó a bajar la ladera hacia el templo en busca de la venganza que lo libraría de su maltrecha existencia.

La luna, se escondía entre las nubes, aterrada por la presencia de Jolem ante las estatuas del templo, que en su día fue un simulado hogar donde reinaba el desprecio y la tortura. Alzando una mano levito hacia la torre donde se alojaba su victima, dio un golpe con su vara en la ventana, abriéndola violentamente y estallando los cristales en miles de trozos destrozando las cortinas y llenando toda la habitación. El profesor vio asombrado como entraba Jolem, se levantó rápidamente para coger la vara que tantas lecciones enseñaron al joven hacía tiempo ya. Jolem, con la mirada llena de rabia y apuntándole con la vara, ante el incrédulo Grepak que aún no había adivinado su destino, estaba intimidado por la presencia de aquel oscuro mago, Jolem empezó a conjurar un maléfico hechizo, esta vez no haría falta que su profesor utilizara su torturadora vara, ya que, no habría equivocación, un resplandor inundó toda la sala cayendo un rayo que impactó sobre el profesor, que no pudo hacer nada por detenerlo, notó como los músculos se contraían, ante la electricidad que corría por su cuerpo y se desmoronó en un sufrimiento agónico, acabando su cruel vida a manos de su vapuleado alumno.

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