martes, 15 de enero de 2008

Carta de despedida




Por Juan A. Sánchez



Querida Lucie, espero que a tu vuelta encuentres esta carta junto a la escalera, siento que el motivo de esta, no es más que decirte adiós, espero no ofenderte pero la razón por la que me voy es una simple puerta, una puerta vieja que hay a un lado del recibidor.

Para que no me malinterpretes, voy a contarte lo ocurrido en estos últimos momentos que resido en tu mansión:

Cuando recibí tu carta la felicidad me embargó, pues iba a salir al fin de la ciudad y vivir unos días en tu compañía.

Pedí ayuda a un amigo para que me llevara a tu casa, aceptando de buen grado, subí en su viejo carro tirado de dos caballos blancos y al llegar intenté pagarle algo por el servicio pero no lo aceptó, me bajé del carro y vi tu casa quedando asombrado por la amplitud de ella solo por la gran verja de hierro que acababa en puntas de lanza, entré emocionado y me recibió uno de tus criados dándome la bienvenida y anunciándome que tuviste que salir y volverías en tres días, a lo que no le di mucha importancia. Empecé a andar por el camino de piedras grisáceas del jardín que me apartaba del césped lleno de malas hierbas, dejando a un lado la encina de retorcidas ramas y al otro la fuente de piedra con la escultura de una mujer con un cántaro, cántaro del que emana el agua, dándole un toque muy vistoso, la leña estaba amontonada cerca de la fachada de la casa, donde las enredaderas trepaban por la pared casi dominándola, aunque aún quedaba bastante para llegar a las gárgolas, de la parte superior, con forma de águila que parecían mirarme, cuando llegué al porche, las macetas llenas de tulipanes sobre la ancha barandilla de piedra blanca, me perfumaron dándome una sensación de bienestar.

Al entrar me recibió una larga alfombra roja que llevaba a los pies de las escaleras, tapando el suelo de mármol blanco vetado que brillaba por una lámpara de madera a gran altura, la que tenía tres velas apagadas, como esperando a que alguien volara para encenderlas. Mirando a mí alrededor vi una puerta raída que desentonaba dentro del cuadro de aquella fantástica casa, extrañándome la verdad, aquella puerta vieja tomó mi atención unos segundos, estaba hecha con tablones oscuros verticales, sujetos por unos clavos negros oxidados, ya viejos y desgastados, incluso una esquina superior estaba destrozada y como pomo tenía una gran anilla. Me impactó aquella puerta en mal estado, que dañaba la vista al lado de un busto de hombre que llevaba una corona, aquella puerta, que chocaba con el impoluto suelo de mármol y con el reloj de pie que tenía los números dorados. Al otro extremo del recibidor, sí había lo que se esperaba de una casa como aquella, una puerta de doble hoja de color más joven y con un árbol tallado en cada una de las hojas, no como la impresentable puerta anterior.

Me decidí a caminar después de la inspección, dirigiéndome a las escaleras, escaleras de mármol blanco igual que el suelo y con un pasamano de hierro chapado en dorado, no sin olvidar la puerta vieja de la que me despedí esperando no volver a verla más.

Subiendo aquellos escalones con bordes redondeados, pasando delicadamente la mano por aquel pasamano que parecía de oro, vi como las escaleras se dividieron en dos partes, aunque ambas llegaban a distintos extremos de un mismo pasillo, que tenía una pequeña mesita acompañada de dos sillas de madera y gran cantidad de cuadros con paisajes, algunos de bosques y otros de montañas. En el centro del pasillo me esperaba un criado, de grandes orejas y vestido de negro, que me indicó el camino hacia el dormitorio acompañándome para abrir la puerta, con un gesto tranquilo y delicado giró el pomo y empujó a la puerta, quedando él fuera y el brazo extendido hacia adelante invitándome a entrar, a lo que le respondí agachando la cabeza y dando las gracias.

Cuando se fue, entré en el dormitorio, la brisa que entraba por la ventana movía las cortinas blancas en un baile hipnótico, enredándose en una percha de pie cercana de la que colgaba un sombrero marrón. La cama era amplia, vestida con unas sabanas rosas con flores blancas y de la pared colgaba una espada de acero como adorno con el vértice hacia abajo, pendiendo de unos simples clavos encima de la cama en la que tenía que descansar

Estaba fatigado, quizás por el camino o quizás por que era tarde, y además tú no estabas para darme compañía, así que decidí acostarme, no sin dejar de mirar aquella espada que estaba encima mía, desafiando la gravedad sobre mi cabeza, aunque ese pensamiento se difuminó rápido, volviendo la imagen de la puerta de abajo, ¿sería la entrada al sótano?, ¿sería una despensa?, ¿porqué estaría en ese estado demacrado, porqué las demás puertas si estaban en mejores condiciones, incluso talladas y aquella puerta tenía la esquina destrozada por el paso del tiempo y el uso?, al fin, me quedé dormido.

Me desperté hambriento, la claridad ya entraba por la ventana con el sonido de los pájaros que revoloteaban por el jardín, tras vestirme me dirigí a la planta de abajo para ver si encontraba algo de comida, cuando puse los pies en la escalera, vi la lámpara, esta tenía todas las velas encendidas, ¿tendría el criado alas?, ¿podría levitar alzando su cuerpo con una vela en la mano para poder encender las velas de la lámpara que se apagaran día tras día? o ¿sería hechicería encendiéndolas a merced de su mente?, bajando volví a ver mi pesadilla, la puerta miserable, la puerta de maderos oscuros y raídos que tanto desteñía en esta casa adorable. Sin darme cuenta ya estaba al fondo de las escaleras, sobre la alfombra roja, sin dejar de mirar la puerta, de pronto, el criado volador se me acercó por la espalda llamándome, me asusté, lo reconozco, estaba absorto en mis pensamientos maquiavélicos sobre aquella puerta y no noté su presencia, pero le recibí con una sonrisa y me invitó a entrar al comedor para desayunar, mientras él se dirigía hacia la cocina, que por lo que pude ver tenia unas lozas marrones bien pulidas y una vidriera llena de platos. Yo entré en aquella sala con la puerta que tenía tallada un árbol dejando atrás la maldita puerta que se había metido en mi cabeza.

El comedor tenía un gran ventanal por el que entraba gran cantidad de luz, con vistas al jardín y a la gran encina, una mesa rectangular de grandes dimensiones ocupaba la mayor parte del salón, con un mantel blanco con los filos rojos y gran cantidad de sillas tapizadas la rodeaban, encima había tres candelabros dorados con tres velas cada uno, velas encendidas aún con la luminosidad que había en la sala, también había un cubierto preparado para utilizar, con cuchillo y tenedor de plata y un plato de cerámica con el filo enflorado. Me senté en la silla junto a aquellos cubiertos y al poco entró el criado que hacía brujería con las velas de la lámpara, portando un plato, con unas tostadas y mantequilla, y una taza de colores con leche que humeaba a su paso, con el hambre que tenía, empecé a untar la mantequilla en las tostadas llegándome un delicioso olor al derretirse, embriagado no advertí como se iba el criado dejándome solo ya que estaba bastante ocupado en el desayuno, que me duró poco, pero quedé saciado.

Me levanté alzando un poco la silla para no hacer ruido y salí de la sala encontrándome, otra vez, a la puerta desgastada, la puerta medio rota que me turbaba, decidido me encaminé, para acabar ya con mis pesares, hacia ella. Con una mano cogí la anilla ennegrecida dejándome un tacto áspero y con la otra hice un poco de presión, pero aquella vieja puerta no cedía, apontoqué el hombro para hacer más presión hasta que al final abrió haciendo un sonido chirriante, lo que vi me dejó horrorizado, aquel lúgubre lugar tenía la misma esencia que la puerta que lo tapaba, el suelo era de tosca piedra gris manchada por todas partes haciéndola oscurecer, alcé un poco la vista divisando una mesa que tenía unas cadenas oxidadas en cada una de sus esquinas, era una mesa de tortura, las manchas eran sangre, esta maldita puerta daba paso a una sala de tortura que además estaba ensangrentada, aunque no del todo, al lado, en un pequeña estantería había tenazas, sierras y martillos, pero aquellos impúdicos artilugios si estaban limpios y brillaban dentro de aquella sala, tapada por aquella desastrosa puerta, una columna en su centro de la que pendían dos cadenas con grilletes a bastante altura, en uno de ellos colgaba un látigo de cuero preparado para torturar a cualquiera, un escalofrío recorrió mi cuerpo y tuve que salir de aquella sala de tortura apresuradamente, con un manotazo cerré aquella miserable puerta, deseando no haberla abierto nunca.

Corriendo subí las escaleras con la mirada desconcertada del criado, al cual no le respondí la mirada por si era el que utilizaba aquella sala a su antojo, y entre en mi cuarto para despedirme de ti.

Eso es todo, querida Lucie, aquí te escribo mis últimas líneas dispuesto a irme, salir de esta magnífica mansión que entraña tal puerta, cubriendo tal oscuro lugar, miles de pensamientos llenan mi cabeza y ninguno bueno, ¿Qué clase de artimañas habrán sucedido en esa sala de tortura?, ¿quién habrá sufrido esa clase de castigos y porqué razón?. Prefiero que no me des explicaciones, podrían turbarme la mente para toda la vida y crearme pesadillas todas las noches, me voy de aquí ya y sin intención de volver.



Un saludo.
Espero que te vaya bien.




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