martes, 29 de enero de 2008

El conflicto del desamor





Por Juan A. Sánchez


El conflicto del desamor


Alusiones del pasado me levantan el ánimo, para después dejarlo caer de golpe, sumergiéndome en una oscura amargura. Recuerdo cuando nos conocimos siendo unos niños, desde el primer momento hubo una buena relación entre nosotros y pronto empezamos a jugar entre los árboles, a escondernos tras las rocas, a pasear junto al río, siempre juntos, siempre risueños, en aquellos esplendidos días de nuestras primeras primaveras nada importaba, solo pasarlo bien entre juegos y bromas.

Te consideré una amiga, pero ese pensamiento quedó pequeño para expresar lo que sentía por ti, quizás como a una hermana, pero nuestras miradas me lo negaron. En nuestra corta edad estábamos dispuestos a todo, pero preparados para nada, aunque tú siempre más perspicaz que yo, atolondrado con mi ignorancia, viendo miles de cosas a mí alrededor menos la que tenía delante de mis propios ojos, quizás tú sabías que entre nosotros se estaba fraguando algo más que una simple amistad, pero no me dijiste nada o no quise enterarme.

Varios años pasaron, madurando paso a paso, viviendo experiencias simples y a su vez extraordinarias. Aunque hicimos más amistades, siempre estuvimos unidos, comprendiéndonos como nadie lo podía hacer, empecé a descubrir en ti lo que hoy lamento, más que nada, haber conocido. Mi corazón latía con fuerza a tu lado, mis ojos retenían en la retina tu belleza, tu figura. Estaba atrapado en la telaraña del amor y, aunque no quería, cuanto más intentaba salir de ella, más me atrapaba, haciendo que solo pensara en ti, que solo me alegrara tu sonrisa.

Nunca olvidaré aquel día, la primavera estaba en todo su esplendor, andábamos cerca del río, como siempre, hablando sobre las fantasías que surcaban nuestro cerebro a cada paso que dábamos, soltadas según iban viniendo, a veces sin coherencia haciéndonos reír. Los árboles florecidos se abrían a nuestro paso, anaranjados por el atardecer, algún que otro pájaro nos deleitaba con su melodía, mientras las amapolas bailaban al son de la brisa.

Decidimos sentarnos junto al río, la hierba se enredaba entre tus delgados dedos, tu cabello rizado brillaba como nunca lo había hecho. Estaba intranquilo, aunque quizás no lo notases, giré mi cuerpo hasta que estuvo frente al tuyo, tus ojos azulados me hipnotizaron como tantas veces, cogí tu mano con delicadeza posándola sobre la mía, tu mirada extrañada me desconcertó, por unos instantes pensé en dejarlo a tiempo, en buscar otro momento más adecuado, pero ya no podía guardar por más tiempo mis sentimientos por ti, con voz temblorosa abrí mi corazón, vaciándolo ante tus pies, pero pronto lo perdí por tu respuesta, no me aceptaste como novio, me negaste tu amor, interponiendo la amistad como escudo.

Derrumbado salí corriendo de aquel lugar, dando traspiés entre las raíces que nacían del suelo, retorcidas como nunca las había advertido, a lo lejos tu voz me pedía perdón pero no la quería escuchar, todo se tiñó de negro en mi mente, a mi paso una espesa niebla me envolvía de la realidad, el cielo estaba nublado, las flores marchitaban con cada nueva pisada, los pájaros callaban respetuosos, mirando desde las copas deshojadas mi carrera. Había perdido mi razón de ser, mi perpetua sonrisa, quizás también perdí mi corazón, hecho pedazos de cristal ennegrecidos y esparcidos por el bosque.

Desde aquel fatídico día decidí no volver a verte, aún por tu persistencia yendo a mi casa para exigir tu perdón, estaba decidido, no quería volver a mirarte, las lágrimas me cegaban a cada instante con tu recuerdo, asolado en mi habitación renegué de mis quehaceres inválido, mutilado del corazón. Entristecido intentaba dar un nuevo paso, pero volvía a caer en la desesperación, todo me recordaba a ti y tú habías cerrado las puertas en mi propia cara, estaba acogido en un angustiosa soledad, apartado del resto del mundo por propia decisión, si salía, una burbuja me envolvía de las miradas de los demás. Unas ropas negras envolvían mi cuerpo pues estaba de luto, mi corazón había muerto en tus manos.

Hoy, después de mucho tiempo, he decidido resurgir del turbulento mar que me ahogaba, respirar libre, volver a sonreír y sobre todo, no volver a llorar por ti, ni por ti ni por nadie. Te agradezco todos esos días que estuvimos juntos, pues lo pasé muy bien. También, aunque no lo creas, te agradezco aquellos días que pasé triste y en soledad, pues son los que me endurecieron y dieron fuerzas para poder superarlo.

Quemaré tus recuerdos esparciendo las cenizas en un profundo abismo, volveré a recuperar mi corazón para darle brillo y color, quizás algún día se lo tenga que dar a otra persona, al fin he entendido que fue tu decisión y no se podía cambiar, en aquel día se acabó nuestro tiempo juntos, pero ya no te volveré a añorar, viviré mi vida sin pesares ni lamentos.


Fin

martes, 15 de enero de 2008

Después de treinta años.





Por José Ruiz García.


Málaga, 13 de Junio de 2005.

Hola Sara. Espero que estés bien. Sé que hace casi treinta años que no hablo contigo y que una carta no es el mejor modo de retomar nuestra relación, pero hace poco que regresé de un fantástico viaje que me ha dejado muy consternada y necesito contárselo a alguien, además, creo que hay mucho que decir entre nosotras. Al fin y al cabo… eras mi mejor amiga.

Lo primero que me gustaría decirte es que ya he olvidado lo de Pedro, aunque aún tengo su foto en mi mesita de noche. El amor surgió entre vosotros, y he aprendido que eso es bueno. No siempre se tiene la suerte de encontrarlo, aunque estuve triste durante mucho tiempo, ahora me alegro por vosotros.

Ya sabes que nunca me ha gustado el frío, así que cuando me marché de La Alberca fui a Málaga, a disfrutar de su clima cálido. Recuerdo muy bien aquel quince de Septiembre del año 1973. Las nevadas se adelantaron y la plaza del pueblo estaba completamente blanca. Llevaba una sola maleta azul, aunque tuve que cargar con ella ya que no avisé a nadie de que me iba. Al entrar en la estación de autobuses me quité la ropa de abrigo, debido a la nevada el autobús salía con retraso, así que me senté en la cafetería. Apenada cogí el periódico local he intenté leerlo, aunque mis pensamientos se fueron hacia Pedro, recordando los paseos por la avenida de los abedules. Pedro sabía que yo no soportaba el frío y me rodeaba con sus brazos apretándome fuertemente contra él.

Al fin consiguieron quitar la nieve de la carretera, subí al autobús y emprendí el viaje hacia Málaga. El autobús se iba alejando, yo intentaba que mis recuerdos quedasen allí, aunque no fue así. Estuve contemplando el paisaje, su verde follaje entremezclado con las rocas del Peñón de Francia.

Cuando desperté al día siguiente el autobús ya estaba entrando en la provincia de Málaga. El paisaje era completamente diferente, casi desértico. Sus tierras eran completamente marrones y su vegetación rubia como la cerveza. El sol pasaba a través del cristal de la ventanilla y me calentaba la cara.

En la estación me estaba esperando el Sr. Ramírez, director del hotel en el que iba a trabajar. Llevaba un traje gris y un sombrero del mismo color que ocultaba la mayor parte de su cabellera gris. De su mano colgaba un maletín de piel marrón, seguramente lleno de documentos.

Me instalé en el quinto A de un pisito de Ciudad Jardín, un modesto barrio de la ciudad Malacitana. La avenida principal estaba llena de naranjos, y los jardines de las casas rebosantes de flores. Mis vecinos eran todos muy amables, sobre todo la Sr. Amalia, que vivía en el quinto C, a menudo bajaba envuelta en su bata azul y con su cabeza llena de rulos, me pedía un poco de algún condimento para la comida y me ponía al día de los chismes del patio. Cuando entré en casa por primera vez, cerré la puerta, solté la maleta y me quedé parada, observando, oliendo el aire húmedo que desprendía la vivienda, la madera vieja y el habitáculo cerrado. Abrí la ventana y el sol entró de forma descontrolada haciéndome girar la cabeza de forma repentina.

Las calles estaban iluminadas por la Navidad, de los escaparates de las tiendas colgaban campanitas plateadas, estrellas brillantes, piñas doradas… Hacía frío, pero no tanto como en Salamanca, a penas llevaba un abrigo y un jersey. Esta era la primera navidad en la que no tendría que comprar regalos. Entré en el piso y cerré la puerta. En la habitación solo se oía el tictac del reloj que había comprado unos días antes. Me senté en la cama y me puse a mirar la foto que tenía de Pablo en la mesita de noche.

Llevaba seis meses en la ciudad y aún no había hecho ninguna amistad, no por el carácter de la gente, aquí todo el mundo es muy abierto y sencillo, es solo que no tenía ganas de intimar con nadie. Los domingos solía ir a pasear por la finca La Virreina, en Marzo el sol calienta solo lo justo, puedes dar plácidos paseos al atardecer sin soltar una sola gota de sudor.

Todo era bastante normal y rutinario en mi vida, pero entonces hubo un día especial, el veintiocho de Marzo de 1974. De diez a diez y media era la hora del desayuno, yo me sentaba en la cafetería, tomaba un café irlandés y leía el periódico local. Normalmente noticias de economía, del régimen, de fútbol o de toros, pero ese día, el periódico tenía en portada una foto de varios ovnis, y el titular decía “EXCLUSIVA MUNDIAL, FOTOGRAFÍAS DE OVNIS EN FORMACIÓN”. Leí el reportaje por encima, los ovnis habían sido vistos cerca de mi casa, en la carretera de las pedrizas. Por lo visto había varios espectadores del suceso. Uno de ellos decía que cuando las luces se acercaron al suelo pudo hacer un cálculo aproximado de su longitud comparándolo con los árboles y alguna que otra casa de la finca La Virreina. El testigo decía que los ovnis medían aproximadamente cien metros, y que un alo de luz los envolvía por completo. Eran alargados, casi con la misma forma de un puro. También decían que habían desaparecido a la altura del pantano Del Agujero.

Ese día no fue muy concurrido en el hotel, un par de clientes dejaron sus habitaciones y les extendí la factura correspondiente. A las ocho llegó María para hacerme el relevo y yo me marché a casa.

Estaba muy oscuro, a penas si podía distinguir el suelo de la pared, pero seguí avanzando. Mi mano iba rozando la rugosa pared, y mis pies tropezando uno con otro. Aquella extraña luz azulada estaba cada vez más cerca, y yo seguí avanzando hacia ella. No sabía lo que era, pero tenía que ser una nave espacial, porque podía notar su frecuencia alfa, aunque no sé que es eso. De pronto escuché un extraño ruido, como un crujir de ramas, pero dentro de aquella cueva no había ningún árbol, tropecé y caí sobre el fresco césped, no había nada a mi alrededor salvo aquel gran árbol metálico. Si, metálico, no tenía hojas , solo un montón de ramas enrevesadas, era enteramente de hierro cromado, la luz del sol se reflejaba en él, poco a poco se fue haciendo más y más molesta hasta que una gran bola de luz se formó delante de mí. A medida que la bola iba creciendo quemaba el césped que encontraba a su paso, de pronto la bola empezó a avanzar hacia mí, y yo comencé a saltar de estrella en estrella, por más que corría, la bola más se acercaba a mí. Al fin me desperté aterrorizada, era la peor pesadilla que había tenido desde hacía años.

Me levanté y fui al servicio, la taza estaba tan helada que un escalofrío me recorrió todo el cuerpo cuando mis glúteos se pusieron en contacto con ella. Después abrí el grifo del lavabo que echaba un tenue chorrito de agua y bebí unos cuantos sorbos. Volví a la cama, miré mi reloj que no había dejado de hacer tictac en toda la noche, las agujas marcaban las cinco de la madrugada. Tiré de las mantas y me arropé hasta la nariz, luego me puse en posición fetal y metí mi cabeza bajo las mantas. Empecé a dar vueltas y vueltas, una y otra vez se me venía mi sueño a la retina, y me acordé del titular que había leído por la mañana en el periódico. ¿Y si de verdad habían aterrizado los extraterrestres?. Empecé a sudar, me desprendí de una manta y seguí dando vueltas en la cama. ¿Y si fuera a echar un vistazo?, pronto amanecería. Me incorporé de golpe, encendí la luz, el reloj marcaba las seis menos cuarto. Impulsada no se por qué, me vestí a toda prisa con mi chándal azul marino, tres rayitas blancas lo atravesaban por las mangas y por el lateral de los pantalones. Cogí la linterna de las pilas Cegasa y mi bicicleta color café, me puse camino hacia el pantano del agujero.

Salí del portal empujando mi bicicleta, el relente de la noche penetró en mi cuerpo cual espíritu de ultratumba, subí en ella y me puse a pedalear con fuerza, para quitarme el frío y para que la dinamo produjese la suficiente energía como para encender el faro de la bici. Tardé relativamente poco en llegar hasta el camino que conducía al pantano, ahora, dicho camino era más pronunciado y si no fuera porque había luna llena no hubiese visto la carretera, ya que tuve que empujar la bicicleta y la dinamo ya no producía energía suficiente. Cuando llegué a lo alto el alba asomaba por los montes de la finca Quintana. Dejé la bici en un lado, miré al agua y pude ver el reflejo de la luna llena y el de una estrella que había a su vera. Miré al cielo y vi la luna, pero… no había ninguna estrella a su lado. Miré repetidas veces al pantano y al cielo, no había nada junto a la luna, pero en su reflejo seguía estando esa luz. Era como un pequeño grano comparada con el tamaño de la luna.

Pensé que fuera lo que fuese tendría que estar bajo el agua, así que decidí bajar por la ladera a ver si conseguía averiguar qué era aquello. Apenas había dado dos pasos me resbalé con las hojas secas que había en el suelo, mi espalda se golpeó fuertemente contra el piso y me deslicé varios metros. Me levanté dolorida y apagué la linterna, mis ojos se habían acostumbrado a la luz del alba, aunque lo veía todo de un color grisáceo podía distinguir las figuras de un color más negro. Caminé hacia el agua, sentía una extraña sensación de angustia y aminoré el paso. Notaba la presencia de alguien y me giré para no ver a nadie. Iba andando hacia la luz sumergida, noté como alguien o algo respiraba tras de mí y caí al suelo. Una extraña y deforme figura estaba tras de mí. El corazón se me aceleró y me levanté rápidamente echando a correr. No sabía si iba cuesta arriba o cuesta abajo. Solo corría y corría. Por mi mente pasaba la imagen de esa horrible cosa, también vi el árbol metálico de mi sueño y a ti y a Pedro cogidos de la mano por el paseo de abedules. Más tarde eso me haría comprender lo importante que habéis sido en mi vida, y olvidar el enfado y el dolor que me hacíais sentir.

Cuando el suelo desapareció de debajo de mis pies dejé de correr para caer por un agujero, pegué con mis glúteos en el suelo, pero no me hice mucho daño. Me levanté y me di cuenta de que había perdido la linterna. Entonces distinguí una luz, estiré los brazos y di unos cuantos pasos hasta que conseguí tocar una pared, era lisa y suave, seguramente estaría cubierta de musgo. Muy lentamente fui caminando hacia la tenue luz, que poco a poco se fue volviendo más densa. Cuando ya estaba muy cerca de ella distinguí la salida del corredor en el que estaba, la salida del corredor de la oscuridad para entrar en el corredor de la luz. Al principio pensé que estaba muerta y que aquella era la luz que me mostraba el camino al cielo, pero luego vi el agua, miré hacia arriba y pude ver la luna, aquel pasillo fabricado a base de una luz blanca estaba bajo el agua del pantano, y yo dentro de el. Avancé despacio pero decidida, la paz me embriagó dentro de aquella luz blanca. El pasillo terminó desembocando en una bola de luz mucho más intensa, escuché como un extraño suspiro y una puerta se abrió ante mí, el lugar era muy raro, todo de color blanco y su decoración estaba compuesta solo por figuras redondas. Volví a escuchar ese suspiro y las puertas se cerraron, entonces la estancia empezó a brillar y tuve que cerrar los ojos. Me agarraron de los brazos… logré abrir un poco los ojos y distinguir a dos criaturas, eran iguales a la que había visto momentos antes corriendo tras de mí en el pantano. Las criaturas me arrastraron por el suelo hasta tenderme en una especie de tarima, luego noté como me agarraban muchos más de esos seres y clavaban agujas por todo mi cuerpo, después me quedé dormida.

Desperté hace dos días junto al pantano, me encontraron unos pescadores. Me gustaría volver a verte Sara, toda la gente que conocía aquí está muerta, y yo sigo teniendo veinte años cuando debería tener cincuenta. Por cierto, estoy embarazada de ocho meses… y no se de quién o de qué.

Tu amiga que te echa de menos

María Espinoza.

Carta de despedida




Por Juan A. Sánchez



Querida Lucie, espero que a tu vuelta encuentres esta carta junto a la escalera, siento que el motivo de esta, no es más que decirte adiós, espero no ofenderte pero la razón por la que me voy es una simple puerta, una puerta vieja que hay a un lado del recibidor.

Para que no me malinterpretes, voy a contarte lo ocurrido en estos últimos momentos que resido en tu mansión:

Cuando recibí tu carta la felicidad me embargó, pues iba a salir al fin de la ciudad y vivir unos días en tu compañía.

Pedí ayuda a un amigo para que me llevara a tu casa, aceptando de buen grado, subí en su viejo carro tirado de dos caballos blancos y al llegar intenté pagarle algo por el servicio pero no lo aceptó, me bajé del carro y vi tu casa quedando asombrado por la amplitud de ella solo por la gran verja de hierro que acababa en puntas de lanza, entré emocionado y me recibió uno de tus criados dándome la bienvenida y anunciándome que tuviste que salir y volverías en tres días, a lo que no le di mucha importancia. Empecé a andar por el camino de piedras grisáceas del jardín que me apartaba del césped lleno de malas hierbas, dejando a un lado la encina de retorcidas ramas y al otro la fuente de piedra con la escultura de una mujer con un cántaro, cántaro del que emana el agua, dándole un toque muy vistoso, la leña estaba amontonada cerca de la fachada de la casa, donde las enredaderas trepaban por la pared casi dominándola, aunque aún quedaba bastante para llegar a las gárgolas, de la parte superior, con forma de águila que parecían mirarme, cuando llegué al porche, las macetas llenas de tulipanes sobre la ancha barandilla de piedra blanca, me perfumaron dándome una sensación de bienestar.

Al entrar me recibió una larga alfombra roja que llevaba a los pies de las escaleras, tapando el suelo de mármol blanco vetado que brillaba por una lámpara de madera a gran altura, la que tenía tres velas apagadas, como esperando a que alguien volara para encenderlas. Mirando a mí alrededor vi una puerta raída que desentonaba dentro del cuadro de aquella fantástica casa, extrañándome la verdad, aquella puerta vieja tomó mi atención unos segundos, estaba hecha con tablones oscuros verticales, sujetos por unos clavos negros oxidados, ya viejos y desgastados, incluso una esquina superior estaba destrozada y como pomo tenía una gran anilla. Me impactó aquella puerta en mal estado, que dañaba la vista al lado de un busto de hombre que llevaba una corona, aquella puerta, que chocaba con el impoluto suelo de mármol y con el reloj de pie que tenía los números dorados. Al otro extremo del recibidor, sí había lo que se esperaba de una casa como aquella, una puerta de doble hoja de color más joven y con un árbol tallado en cada una de las hojas, no como la impresentable puerta anterior.

Me decidí a caminar después de la inspección, dirigiéndome a las escaleras, escaleras de mármol blanco igual que el suelo y con un pasamano de hierro chapado en dorado, no sin olvidar la puerta vieja de la que me despedí esperando no volver a verla más.

Subiendo aquellos escalones con bordes redondeados, pasando delicadamente la mano por aquel pasamano que parecía de oro, vi como las escaleras se dividieron en dos partes, aunque ambas llegaban a distintos extremos de un mismo pasillo, que tenía una pequeña mesita acompañada de dos sillas de madera y gran cantidad de cuadros con paisajes, algunos de bosques y otros de montañas. En el centro del pasillo me esperaba un criado, de grandes orejas y vestido de negro, que me indicó el camino hacia el dormitorio acompañándome para abrir la puerta, con un gesto tranquilo y delicado giró el pomo y empujó a la puerta, quedando él fuera y el brazo extendido hacia adelante invitándome a entrar, a lo que le respondí agachando la cabeza y dando las gracias.

Cuando se fue, entré en el dormitorio, la brisa que entraba por la ventana movía las cortinas blancas en un baile hipnótico, enredándose en una percha de pie cercana de la que colgaba un sombrero marrón. La cama era amplia, vestida con unas sabanas rosas con flores blancas y de la pared colgaba una espada de acero como adorno con el vértice hacia abajo, pendiendo de unos simples clavos encima de la cama en la que tenía que descansar

Estaba fatigado, quizás por el camino o quizás por que era tarde, y además tú no estabas para darme compañía, así que decidí acostarme, no sin dejar de mirar aquella espada que estaba encima mía, desafiando la gravedad sobre mi cabeza, aunque ese pensamiento se difuminó rápido, volviendo la imagen de la puerta de abajo, ¿sería la entrada al sótano?, ¿sería una despensa?, ¿porqué estaría en ese estado demacrado, porqué las demás puertas si estaban en mejores condiciones, incluso talladas y aquella puerta tenía la esquina destrozada por el paso del tiempo y el uso?, al fin, me quedé dormido.

Me desperté hambriento, la claridad ya entraba por la ventana con el sonido de los pájaros que revoloteaban por el jardín, tras vestirme me dirigí a la planta de abajo para ver si encontraba algo de comida, cuando puse los pies en la escalera, vi la lámpara, esta tenía todas las velas encendidas, ¿tendría el criado alas?, ¿podría levitar alzando su cuerpo con una vela en la mano para poder encender las velas de la lámpara que se apagaran día tras día? o ¿sería hechicería encendiéndolas a merced de su mente?, bajando volví a ver mi pesadilla, la puerta miserable, la puerta de maderos oscuros y raídos que tanto desteñía en esta casa adorable. Sin darme cuenta ya estaba al fondo de las escaleras, sobre la alfombra roja, sin dejar de mirar la puerta, de pronto, el criado volador se me acercó por la espalda llamándome, me asusté, lo reconozco, estaba absorto en mis pensamientos maquiavélicos sobre aquella puerta y no noté su presencia, pero le recibí con una sonrisa y me invitó a entrar al comedor para desayunar, mientras él se dirigía hacia la cocina, que por lo que pude ver tenia unas lozas marrones bien pulidas y una vidriera llena de platos. Yo entré en aquella sala con la puerta que tenía tallada un árbol dejando atrás la maldita puerta que se había metido en mi cabeza.

El comedor tenía un gran ventanal por el que entraba gran cantidad de luz, con vistas al jardín y a la gran encina, una mesa rectangular de grandes dimensiones ocupaba la mayor parte del salón, con un mantel blanco con los filos rojos y gran cantidad de sillas tapizadas la rodeaban, encima había tres candelabros dorados con tres velas cada uno, velas encendidas aún con la luminosidad que había en la sala, también había un cubierto preparado para utilizar, con cuchillo y tenedor de plata y un plato de cerámica con el filo enflorado. Me senté en la silla junto a aquellos cubiertos y al poco entró el criado que hacía brujería con las velas de la lámpara, portando un plato, con unas tostadas y mantequilla, y una taza de colores con leche que humeaba a su paso, con el hambre que tenía, empecé a untar la mantequilla en las tostadas llegándome un delicioso olor al derretirse, embriagado no advertí como se iba el criado dejándome solo ya que estaba bastante ocupado en el desayuno, que me duró poco, pero quedé saciado.

Me levanté alzando un poco la silla para no hacer ruido y salí de la sala encontrándome, otra vez, a la puerta desgastada, la puerta medio rota que me turbaba, decidido me encaminé, para acabar ya con mis pesares, hacia ella. Con una mano cogí la anilla ennegrecida dejándome un tacto áspero y con la otra hice un poco de presión, pero aquella vieja puerta no cedía, apontoqué el hombro para hacer más presión hasta que al final abrió haciendo un sonido chirriante, lo que vi me dejó horrorizado, aquel lúgubre lugar tenía la misma esencia que la puerta que lo tapaba, el suelo era de tosca piedra gris manchada por todas partes haciéndola oscurecer, alcé un poco la vista divisando una mesa que tenía unas cadenas oxidadas en cada una de sus esquinas, era una mesa de tortura, las manchas eran sangre, esta maldita puerta daba paso a una sala de tortura que además estaba ensangrentada, aunque no del todo, al lado, en un pequeña estantería había tenazas, sierras y martillos, pero aquellos impúdicos artilugios si estaban limpios y brillaban dentro de aquella sala, tapada por aquella desastrosa puerta, una columna en su centro de la que pendían dos cadenas con grilletes a bastante altura, en uno de ellos colgaba un látigo de cuero preparado para torturar a cualquiera, un escalofrío recorrió mi cuerpo y tuve que salir de aquella sala de tortura apresuradamente, con un manotazo cerré aquella miserable puerta, deseando no haberla abierto nunca.

Corriendo subí las escaleras con la mirada desconcertada del criado, al cual no le respondí la mirada por si era el que utilizaba aquella sala a su antojo, y entre en mi cuarto para despedirme de ti.

Eso es todo, querida Lucie, aquí te escribo mis últimas líneas dispuesto a irme, salir de esta magnífica mansión que entraña tal puerta, cubriendo tal oscuro lugar, miles de pensamientos llenan mi cabeza y ninguno bueno, ¿Qué clase de artimañas habrán sucedido en esa sala de tortura?, ¿quién habrá sufrido esa clase de castigos y porqué razón?. Prefiero que no me des explicaciones, podrían turbarme la mente para toda la vida y crearme pesadillas todas las noches, me voy de aquí ya y sin intención de volver.



Un saludo.
Espero que te vaya bien.




lunes, 7 de enero de 2008

El Mago Jolem





Por Juan A. Sánchez



Cuando Jolem era un simple aprendiz de mago iniciado por su padre, un gran mago blanco de gran prestigio, ingresó en el templo Ikuris. El templo estaba en una altiplanicie bastante elevada, dejando delante un extenso desierto y detrás una gran montaña de cumbres nevadas, que lo aislaba de todo signo de vida a su alrededor.

El primer día, al llegar a aquel inhóspito lugar, quedó asombrado con la inmensa fachada del santuario constituida de dos plantas, la segunda, más pequeña que la primera, estaba destinada a los dormitorios, a su lado dos enormes estatuas de venerados hechiceros de antaño, guardaban la puerta del templo portando varas mágicas. Tras ellos se elevaban dos torres circulares, que acababan en un puntiagudo tejado a desmesurada altura y en el centro una ilustración en piedra de la gran espada, forjada de las mismas manos del dios Ados, con el vértice rozando el canto de la puerta de entrada.

El inquieto Jolem entró bajo el regazo de su padre y fueron recibidos cordialmente por dos profesores que portaban túnicas blancas, con una banda roja que las atravesaba, desde el hombro izquierdo hasta el costado derecho. Tras una breve entrevista se despidió del chico, lo que le hizo saltar alguna lagrima sobre su mejilla, los profesores sin mediar palabra, se lo llevaron con las manos sobre sus hombros para enseñarle su habitación y darle su uniforme.

En la habitación comunal que ahora era su casa, Jolem sentía un despreciado cruce de miradas a su paso y un extraño silencio entre los demás alumnos mientras se dirigía hacia su litera, tras soltar sus bártulos se dispuso a ataviarse con aquella indumentaria que le habían dado, así vestido con aquel hábito de color verde oscuro con una franja blanca vertical en su centro, se aprestó a dar una vuelta por el enramado de pasillo que formaba Ikuris, al pasar al lado de un joven alumno, cruzó su pie en el trayecto haciéndole pegar de bruces contra el suelo, con un estruendo de carcajadas y el apunte con el dedo de los presentes, pero decidió no meterse en problemas ante tanta gente y salió de allí sin decir nada. Cuando hubo saciado su afán de conocer el templo, volvió a su habitación y entre malos gestos se acostó esperando que el nuevo día le fuera mejor.

Jolem, despertó sobresaltado ante un estridente sonido mágico, que hacía de avisador al personal y se dirigió hacia el comedor, tras tomar algunos de aquellos insípidos alimentos se encaminó hacia su clase. Allí uno de los profesores, que había visto el día de antes, se presentó como el mago Grepak, portaba una vara corta redondeada que parecía desprovista de magia a simple vista. Sin dilatar más la presentación empezó a enseñar un extraño hechizo para crear luz en la oscuridad, luego cada uno de los presentes intentó hacer aquella magia con mediana satisfacción, cuando le llegó el turno a Jolem, que estaba totalmente nervioso por la situación, entonó el conjuro y quedó expectante, pero ninguna luz acudió a su mano y el profesor le tiró de la oreja, haciéndola enrojecer entre las disimuladas sonrisas de sus compañeros, para después arrastrarlo hacia una esquina dando la espalda a los demás por su actuación.

Abochornado, cuando acabaron las clases se fue directo a los lavabos y después de hacer algún intento, la ansiada luz se hizo en la palma de la mano, pero no le acompañó el gozo de haberlo realizado, prometiéndose que aquella situación no volvería a ocurrir.

Nada más lejos de la realidad, ya que en los siguientes días los desaciertos se acumulaban a su alrededor con sus respectivos castigos, que eran cada vez más duros y siempre tenía una mejilla amoratada o un brazo dolorido. Un día no recitaba bien el hechizo, otro no le ponía el suficiente ímpetu y otros las burlas de los demás alumnos, que como siempre no le dirigían la palabra por alguna extraña razón, le hacían fallar en su cometido. La verdad es que Jolem aprendía a pasos agigantados y daba todo su ser por la causa, aunque sus compañeros lo hacían más rápido dejándole discriminado ante la vara del profesor Grepak.

El colofón llegó unos meses después, mientras Jolem recibía clases con hierbas curativas para hacer brebajes, uno de sus compañeros le dio un codazo haciéndole tirar algunas probetas que tenía cerca, la rabia del profesor Grepak ante el incidente hizo alzar su vara contra el joven, propinándole duros golpes en la espalda y cabeza hasta dejarlo aturdido, pero no acabó allí la discusión, tras acabar la clase fue conducido a una de las grandes torres, donde residían los profesores, subiendo unas escaleras circulares que bordeaban la torre hasta llegar a la habitación de Grepak donde le hizo parar dirigiéndose a una mesa, que estaba debajo de una ventana de cortinas rojas, y recogiendo una gran llave que estaba dentro de un cajón, salieron de allí y prosiguieron su camino por las escaleras hasta lo alto de la torre, encerrándolo entre amenazas, en un viejo desván.

El mareo fue cesando, aunque tenía el cuerpo dolorido, en aquella improvisada celda que estaba llena de, lo que parecían, trastos viejos y una inmensa oscuridad que no le permitía ver su propia mano ante su cara, se acomodó como pudo entre varias tablas de una mesa y entonando un conjuro creó una luz azulada que emanaba de su mano dejando ver algunos metros a su alrededor.

Intentado ser lo más cauto posible empezó a caminar entre los escombros, viendo restos de sillas y mesas en muy mal estado y algunas túnicas de varios colores, hasta dar con un baúl tras un gran espejo. Decidió mirar en el interior del arca y al abrirlo encontró montones de libros de tapas desgastadas por el uso, rebuscando entre ellos le llamó la atención un libro de color negro con la tapa totalmente raída, lo entreabrió para leer en la primera página “Magias Oscuras y Prohibidas”, la curiosidad se había apoderado de Jolem y guardó el libro bajo su túnica para poder estudiarlo en mejores condiciones.

Siguió mirando entre los demás libros y, de pronto, empezó a abrirse la puerta de la buhardilla con un chirrido que lo alertó, rápidamente cerró la tapa del baúl y mientras se ponía en pie entró Grepak que no se dio cuenta de la indagación y viendo por terminado el castigo del pobre Jolem, le dejó que se fuera a su dormitorio.

Aquella noche Jolem durmió poco, con la débil luz entrante de una ventana a sus espaldas, empezó a leer aquel oscuro libro, descubriendo hechizos malignos y terroríficos, sobre tortura y muerte, incluso sobre como dominar la mente de otras personas a su antojo, que lo hizo estremecer y a la vez le dieron más ganas de cultivarse en esos temas para demostrar a los demás de lo que era capaz.

Varios meses después, los aprendizajes de Jolem eran muy superiores aunque la forma en que los aprendía era la misma, entre palos y burlas de su profesor y compañeros, pero el dolor se despejaba por las noches mientras estudiaba su propio libro acompañado de la oscuridad silenciosa de su litera.
Un día, harto de soportar esta situación decidió que ya había aprendido lo suficiente en aquel atormentado lugar, decidiendo marchar para seguir con los estudios por su parte, se escapó por una ventana, sin que nadie lo advirtiera. Acompañado por la luna menguante y alguna que otra estrella, empezó a escalar la montaña que tenía delante de él, hasta que encontró una cueva que le serviría de refugio, hizo una fogata para proseguir con sus estudios en aquel recóndito lugar.

En el templo, no dieron importancia a su pérdida y siguieron sus quehaceres sin tan siquiera preguntarse la razón de su marcha, mientras en la helada cumbre dentro de una desapacible gruta Jolem se hizo amigo de los lobos, dominando sus mentes a placer para conseguir alimentos y haciéndoles guardianes de su morada. En la inmensa soledad en la que se encontraba, el libro era su único amigo, aprendía todos los días algo nuevo.

La añoranza a su familia y forma de vida anterior le torturaba la mente haciéndole enloquecer y apenándolo a partes iguales, hasta que recordó a Grepak, entonces un odio hacia su persona se forjó en su mente culpándole de todos sus males y jurando que le haría pagar caro la osadía y los malos tratos que lo habían llevado a su situación.

El día elegido había llegado, con el atardecer, Jolem convirtió mágicamente su deteriorada túnica de aprendiz en una nueva, teñida de un brillante color negro y la acompañó con una vara que él mismo había labrado de una rama, empezó a bajar la ladera hacia el templo en busca de la venganza que lo libraría de su maltrecha existencia.

La luna, se escondía entre las nubes, aterrada por la presencia de Jolem ante las estatuas del templo, que en su día fue un simulado hogar donde reinaba el desprecio y la tortura. Alzando una mano levito hacia la torre donde se alojaba su victima, dio un golpe con su vara en la ventana, abriéndola violentamente y estallando los cristales en miles de trozos destrozando las cortinas y llenando toda la habitación. El profesor vio asombrado como entraba Jolem, se levantó rápidamente para coger la vara que tantas lecciones enseñaron al joven hacía tiempo ya. Jolem, con la mirada llena de rabia y apuntándole con la vara, ante el incrédulo Grepak que aún no había adivinado su destino, estaba intimidado por la presencia de aquel oscuro mago, Jolem empezó a conjurar un maléfico hechizo, esta vez no haría falta que su profesor utilizara su torturadora vara, ya que, no habría equivocación, un resplandor inundó toda la sala cayendo un rayo que impactó sobre el profesor, que no pudo hacer nada por detenerlo, notó como los músculos se contraían, ante la electricidad que corría por su cuerpo y se desmoronó en un sufrimiento agónico, acabando su cruel vida a manos de su vapuleado alumno.

domingo, 6 de enero de 2008

Leonell, el elfo de las estrellas.




Por José Ruiz.

Leonell estaba sumido en un aletargado estado de depresión, sentado a orillas del mismo río el elfo tenía la cabeza hundida entre sus manos y escudriñaba sus pensamientos en busca de fuerza para llevar a cabo su empresa.

“Sus ojos estaban cegados por los rayos de sol que penetraban entre las adelfas, estas eran de flores rosas y blancas. El agua del río Caldara murmuraba secretos de otros tiempos, las lluvias invernales habían terminado hace unos días y el aire revelaba el olor a tierra mojada.
Mistina apareció entre dos zarzamoras, con el vestido de seda blanco remangado por las rodillas con los pies zambullidos en el río. Sus picudas orejas asomaban entre sus cabellos sueltos que bailaban al son del viento. A Leonell se le aceleró el corazón mientras metía la mano en su bolsillo para buscar el anillo.”

Un gamo cruzó el Caldara chapoteando ruidosamente, Leonell despertó de sus pensamientos, suspiró consternado y se puso en pie para seguir su camino. El sol brillaba con fuerza sobre el bosque y una suave brisa mezclaba los olores estivales. Leonell se detuvo un momento a la orilla del río. Agachándose puso sus manos en forma de cuenco las llenó de agua y se refrescó la cara tras beber un poco. Mientras que el agua le refrescaba la garganta, el viento que rozaba con las hojas del bosque le trajo un mensaje de alerta. El elfo dio un salto y fue a esconderse. Agudizó la vista, a no más de quinientos metros estaba aquel ser despreciable, Bradok, uno de los enanos que andaba buscando. Leonell se desplazó con destreza entre los árboles sin hacer ruido. Cuando estuvo a unos cien metros de Bradok se detuvo escondiéndose tras una adelfa, miró entre las hojas empuñando su arco y llevó la mano hacia su espalda para coger una flecha, pasó las plumas entre sus labios para posteriormente cargar su arma. Cerró los ojos concentrando sus oídos en el viento que le venía de cara.
Mientras tensaba su arco recordó a Bradok rompiendo la puerta de su casa en la aldea.

Sus ojos se abrieron al mismo tiempo que soltaba la flecha, esta voló decidida hasta penetrar a través del ojo del enano que cayó inerte al suelo.

Leonell siguió su camino sin ni siquiera pararse a mirar al enano que yacía junto a su hacha, la cual no le había dado tiempo a usar.

Anduvo río arriba hasta llegar al Lugar Sagrado de Eleonor. Antaño había sido donde se celebraban los rituales religiosos de los elfos de la aldea.

“Leonell iba vestido con su túnica verde, concedida por sus conocimientos medicinales. La suerte le sonreía, hace dos años le otorgaron el título de curandero y ahora estaba apunto de unir su espíritu al de su amada.

Mistina llevaba el pelo recogido, un hermoso vestido celeste se ceñía vigorosamente a su cintura. Andaba despacio, entre las blancas columnas, con la mirada fija en Leonell, que la esperaba en el altar de mármol blanco junto al Rey Enwhen, encargado de celebrar la ceremonia”.

Tras echar un ligero vistazo Leonell vio que el Lugar Sagrado ya no tenía nada que ver con el de antes. Sus columnas de mármol cándido estaban carcomidas por el moho, y las hiedras se estaban apoderando poco a poco de toda la arquitectura. El altar en el que tomó por esposa a Mistina estaba lleno de sangre y cubierto de cadáveres de elfos.

Leonell se anduvo cautelosamente hasta la entrada del pueblo. En la plaza había tres enanos cantando, cada uno llevaba una jarra de cerveza en la mano. Deslizándose furtivamente haciendo gala del silencioso caminar de los elfos, atravesó la aldea hasta llegar a su antigua casa. Asomó la cabeza por la ventana agudizando el oído hasta asegurarse de que ningún patoso enano moraba en la vivienda. Atravesando la abertura entró en el hogar y fue hasta el salón, una vez allí se sentó en una silla, en la misma silla.

“Riastle estaba jugando con unas figuras de madera de arce junto a la chimenea del salón. Leonell sentado en su silla lo miraba maravillado, el niño había hecho esas figuras con su magia, y solo contaba con veinte años de edad. Al otro lado de la chimenea estaba Mistina, tenía la barriga hinchada debido a su embarazo, al fin nacería una hermana para Riastle.

De pronto sonó un fuerte golpe en la puerta, los tres elfos se miraron asustados. Un segundo golpe retumbó más fuerte e hizo que Leonell se pusiera en pie. Al tercer golpe una gigantesca hacha atravesó la puerta haciéndola pedazos, Bradok no tardó en entrar a la casa. Tras amenazar a sus inocentes habitantes les obligó a salir fuera. En el centro de la aldea había una hoguera, los elfos adultos estaban tirados en el suelo, y las mujeres y los niños estaban puestos alrededor del fuego. Un enano se llevó a Riaslte y a Mistina, Leonell fue a impedirlo, pero recibió un fuerte golpe en la cabeza y se desplomó inconsciente”.

Leonell se puso en pié y empuñando su espada golpeó con furia la silla y la hizo añicos. En aquel momento deseaba tener poderes mágicos para destruir y no solo para curar. Lo que iba a llevar a cabo era despiadado, probablemente se convertiría en un elfo oscuro tras lograr su hazaña, pero ya no había vuelta atrás, ya había comenzado la matanza. Nunca supo como escapó del exterminio al que los enanos sometieron a la aldea. Los trovadores dicen que fue su caballo Avregap el que lo salvó llevándolo a una aldea vecina, en sus canciones cuentan que el caballo es mágico, y tras rescatar a su amo voló asta las estrellas para velar por él.

Leonell nunca había creído en estas historias, pero cuando salió de la casa empuñando su espada miró al cielo suplicando ayuda a Avregap. Los enanos no se percataron de su presencia. Estaban avivando el fuego con leña, el fuego que antes fue alimentado con los cuerpos de las mujeres y los niños elfos de la aldea. Los adultos eran empleados como esclavos en los campos de cultivo, torturados por los enanos que los hacían trabajar hasta morir de agotamiento.

El elfo dio tres pasos y lanzó un grito enrabietado que pudo escucharse en toda la aldea, los enanos que estaban alrededor de la hoguera se volvieron hacia el, y los que estaban dentro de las casas salieron alarmados y sin armadura, algunos incluso salieron sin su hacha. Leonell corrió hasta la casa más cercana de la cual habían salido dos enanos, estos se quedaron paralizados y de una sola estocada la espada del elfo degolló a las dos criaturas. Los enanos que estaban en la hoguera corrieron hacia Leonell blandiendo sus hachas, y tras ellos una veintena de enanos aceleraban el paso para intervenir en la contienda. El elfo clavó su espada en el suelo y sacó su arco, con una rapidez vertiginosa sacó siete flechas una a una y las disparó acertando en la tez de los siete enanos que tenían armadura. Al quedarse sin flechas tiró su arco para desenvainar la espada abalanzándose sobre los veinte enanos que quedaban. Rebanó un pescuezo, amputó una pierna, recibió un golpe en la cabeza y cayó al suelo. Los enanos la emprendieron a patadas con él, logró recuperar su espada, y se puso en pié dando un salto. Giró sobre si mismo enarbolando su espada y se quitó de en medio a otros cinco enanos, de pronto sintió un golpe en el costado que lo dejó sin respiración y que le hizo a caer al suelo de nuevo. Al abrir los ojos vio como el enano levantaba un hacha gigantesca, pero en vez de rebanarle el pescuezo, el enano se quedó absorto mirando al frente. Un fragor se escuchó en los confines del cielo y un fulgor iluminó todo lo visible, rayos caían y atravesaban a los enanos derrumbándolos. Leonell se levantó y se giró para contemplar aquél fenómeno, pero lo único que vio fue a Avregap, el caballo mágico. Agitaba sus alas mientras se posaba en el suelo. El elfo recordó que aún quedaban enanos vivos, tenía que terminar con su venganza, al voltearse observó que solamente había dos enanos en pié, estos estaban mirando a Avregap y no se movían. Leonell se quedó quieto, quería matarlos pero no podía, algo se lo impedía. Dos rayos cayeron y fulminaron a los dos enanos que aún quedaban con vida.

Leonell arrojó su espada al suelo y se arrodilló junto a la fogata cantando una canción a las almas que allí habían perecido. Avregap lo esperó pacientemente hasta que el elfo se puso en pié y subió a lomos del caballo alado. Avregap giró sobre si mismo y comenzó a trotar, cuando hubo alcanzado la velocidad apropiada abrió sus alas agitándolas fuertemente hasta que emprendió el vuelo. Se elevó hasta lo más alto del cielo, perdiéndose entre las estrellas por siempre jamás y quedando esta historia en la memoria de todos los elfos.