La adolescencia llamaba a mi puerta, en aquella época loca de mi vida, el rock era mi pasión y los videojuegos mi deporte, salía con los amigos al parque del barrio, nuestras señas de identidad eran claras, ropas negras, cadenas colgando del cinturón y botas altas con punta de acero, allí bebíamos litros y litros de cerveza, empezaban a caer los primeros cigarrillos y lo que no era tabaco también se fumaba.
En aquellos dominios había una caseta de electricidad, con la inocencia en una mano y el spray en la otra, marcábamos nuestro territorio cual perro, un grupo de quince personas, cada uno de su padre y de su madre, unidos por un bien común, divertirse y pasar el rato.
La noche nos acompañaba, mientras discutíamos con nuestros padres por la hora de llegada, íbamos al punto de reunión, los recreativos, las maquinas tragaban monedas sin cesar y los piques afloraban en el futbolín esperando a los más rezagados, cuando el grupo estaba al completo nos encaminábamos hacia un estrecho callejón empedrado que nos apartaba del gentío, cargados con nuestros litros de tinto y limón, empezaba la locura, ríos de tinto bañaban el suelo, vómitos en las esquinas, la cabeza nos daba vueltas, empezaban a fluir las paranoias y las historias fantásticas, entre risotadas y apuestas, que se pagaban con alcohol, se acababa la velada, unos ya se iban y otros persistían.
Nos encaminábamos hacia el pub de moda, la calle nos parecía estrecha a su paso y los coches molestos, la gente hablaba de nosotros, bien o mal, pero hablaban…, en la puerta del bar el portero nos miraba con desgana y nos prohibía el paso, entre burlas e insultos nos íbamos por donde habíamos venido para parar en el enredado de callejuelas estrechas de La Villa, allí las macetas volaban y empezaban a sonar las sirenas que daban paso a la carrera por la supervivencia, cada uno por su lado y como meta el hogar.
Tenía que sujetar las llaves con las dos manos para acertar en la cerradura, arrastrando la cabeza por el pasillo y tropezando con las sillas, pero eso si, sin hacer ruido. Como trofeo la cama y la satisfacción del deber cumplido.