jueves, 27 de diciembre de 2007

Derrochando una juventud

Por Juan A. Sánchez


La adolescencia llamaba a mi puerta, en aquella época loca de mi vida, el rock era mi pasión y los videojuegos mi deporte, salía con los amigos al parque del barrio, nuestras señas de identidad eran claras, ropas negras, cadenas colgando del cinturón y botas altas con punta de acero, allí bebíamos litros y litros de cerveza, empezaban a caer los primeros cigarrillos y lo que no era tabaco también se fumaba.

En aquellos dominios había una caseta de electricidad, con la inocencia en una mano y el spray en la otra, marcábamos nuestro territorio cual perro, un grupo de quince personas, cada uno de su padre y de su madre, unidos por un bien común, divertirse y pasar el rato.

La noche nos acompañaba, mientras discutíamos con nuestros padres por la hora de llegada, íbamos al punto de reunión, los recreativos, las maquinas tragaban monedas sin cesar y los piques afloraban en el futbolín esperando a los más rezagados, cuando el grupo estaba al completo nos encaminábamos hacia un estrecho callejón empedrado que nos apartaba del gentío, cargados con nuestros litros de tinto y limón, empezaba la locura, ríos de tinto bañaban el suelo, vómitos en las esquinas, la cabeza nos daba vueltas, empezaban a fluir las paranoias y las historias fantásticas, entre risotadas y apuestas, que se pagaban con alcohol, se acababa la velada, unos ya se iban y otros persistían.

Nos encaminábamos hacia el pub de moda, la calle nos parecía estrecha a su paso y los coches molestos, la gente hablaba de nosotros, bien o mal, pero hablaban…, en la puerta del bar el portero nos miraba con desgana y nos prohibía el paso, entre burlas e insultos nos íbamos por donde habíamos venido para parar en el enredado de callejuelas estrechas de La Villa, allí las macetas volaban y empezaban a sonar las sirenas que daban paso a la carrera por la supervivencia, cada uno por su lado y como meta el hogar.

Tenía que sujetar las llaves con las dos manos para acertar en la cerradura, arrastrando la cabeza por el pasillo y tropezando con las sillas, pero eso si, sin hacer ruido. Como trofeo la cama y la satisfacción del deber cumplido.

El día que Jesús no quería nacer.






Por José Ruiz

Dicen que no es bueno vivir de los recuerdos, que te consumen y te envejecen. Yo en cambio, y como siempre por llevar la contraria, creo que los recuerdos te rejuvenecen. Con ellos vuelves a vivir aquellos momentos maravillosos de tu juventud, aquellas aventuras que recreabas cuando eras un niño. Revives el primer amor, lo palpas, lo hueles, lo sientes. Puedes volver a sentir como te penetran los ojos negros de aquella chica que siempre estaba apoyada en la barandilla. Sientes aquellas caricias que te daba tu abuela, escuchas aquel fandango que tu abuelo te cantaba. Notas como tu madre te tira de los cabellos al peinarte. Olfateas el after shave de tu padre al darle un beso. Incluso si estiras un poco más el brazo hasta el fondo de tu cerebro, puedes alcanzar aquella sensación… si, esa sensación inexplicable que se tiene cuando eres un niño, cuando todos los días descubres algo nuevo, algo apasionante.

Soy feliz cuando recuerdo, y hoy estoy feliz gracias a Jesús Pérez Baena, mi profesor de prácticas de oficina al que hacía varios años que no veía. Un encuentro casual ha hecho que después de tantos años, yo descubra que el es actor y miembro de una coral, y el descubra que yo soy cineasta. Esta noche Jesús ha brillado en lo alto del escenario, y yo he recordado que me siento orgulloso tanto de él como de otros profesores que me han aportado los valores necesarios para ser la persona que soy.